Rompiendo un mito…
Durante años se pensó que enojarse era algo negativo, que debía reprimirse para mantener la calma en casa. Pero la realidad es otra: el enojo no es malo. Es una emoción primaria, profundamente arraigada en nuestra evolución como especie. El verdadero problema no es sentirlo, sino no saber qué hacer con esa energía cuando aparece.
El origen del enojo: una emoción con raíces evolutivas
En nuestros antepasados, el enojo fue clave para la supervivencia. Era la reacción natural que permitía defender el territorio, proteger a la familia o conservar los recursos.
A nivel cerebral, esta emoción surge en el sistema límbico —con especial protagonismo de la amígdala— y prepara al cuerpo para actuar. Investigaciones en neurociencia muestran que comparte redes neuronales con el miedo, pero con una diferencia esencial: mientras el miedo paraliza, el enojo moviliza hacia la acción (Panksepp, 2012).
Lo que el enojo nos enseña desde la neuropsicología…
El enojo funciona como una alarma interna que señala que algo no está bien: una injusticia, una amenaza o una frustración.
Cuando aparece, libera hormonas como la adrenalina y el cortisol, que incrementan la energía física para responder.
Gracias a esta función, el enojo ha sido motor de defensa, de cambios sociales y también de resiliencia. Sin él, la humanidad difícilmente habría podido adaptarse y evolucionar.
Por qué no debemos ocultarlo…
Reprimir o negar el enojo no lo hace desaparecer: al contrario, puede transformarse en tensión física, problemas de salud o dificultades emocionales (Kassinove & Tafrate, 2019).
Si los niños aprenden a asociar esta emoción con culpa o vergüenza, crecerán creyendo que es algo “malo”, en lugar de verla como una señal legítima.
La clave no está en eliminarlo, sino en canalizarlo de manera constructiva.
De la agresividad instintiva a la regulación consciente…
En tiempos prehistóricos, la agresividad que acompañaba al enojo fue vital: servía para cazar, protegerse y sobrevivir. Hoy ya no necesitamos atacar para vivir, pero los circuitos cerebrales que activan esa respuesta siguen presentes.
La gran diferencia es que contamos con la corteza prefrontal, la parte del cerebro que permite frenar los impulsos y regular la conducta.
Aquí está nuestro rol como adultos: ayudar a los niños a convertir esa energía en acciones seguras y responsables.
Neurocrianza: cómo guiar a los niños en el manejo del enojo…
Algunas estrategias prácticas:
Validar la emoción: reconocer lo que sienten (“veo que estás enojado”) calma el cerebro emocional.
Ponerle nombre: cuando los niños aprenden a decir “estoy enojado”, activan la corteza prefrontal y se regula mejor la intensidad emocional.
Ofrecer un canal físico seguro: respirar profundo, moverse, golpear un almohadón o dibujar son formas de liberar tensión sin dañar.
Reflexionar después de la tormenta: cuando ya se han calmado, conversar sobre qué los enojó y cómo expresarlo de otra manera.
Dar ejemplo: los hijos aprenden observando. Si los adultos gestionan su enojo con respeto, ellos lo replicarán.
El enojo no es un enemigo que deba ser vencido, sino un maestro que nos muestra límites, deseos e injusticias. Nuestra tarea como padres no es apagar esa emoción en los niños, sino guiarlos para que aprendan a sentirla, reconocerla y expresarla sin dañarse a sí mismos ni a los demás. En la crianza, el enojo puede convertirse en un aliado para enseñar inteligencia emocional, autocontrol y empatía.
PSICÓLOGA VANINA CAPPA